LA SUBJETIVIDAD EN EL FÚTBOL Y LOS PROBLEMAS QUE CREA
¿Cuál es la razón por la que este popular deporte genera tanta polémica y sus arbitrajes y resultados son tan discutidos?
En este artículo se pretende analizar cuán objetivo es realmente este deporte y sus reglas, y cómo la enorme subjetividad de la que está rodeado influye negativamente en la satisfacción de la enorme afición que ha creado a lo largo de los años. Todos somos testigos de las encendidas polémicas que se generan durante y después de los partidos y la poca convicción que generan sus resultados por la constante inequidad de sus arbitrajes. La idea es generar un punto de partida para cuestionar muchas de las reglas y procesos que actualmente regulan este deporte, para analizarlos de manera constructiva y buscar entre todos soluciones que mejoren este (a pesar de todo) hermoso deporte y lo hagan más meritocrático.
El fútbol… ¿espectáculo o competencia?
¿Cuál es el real objetivo del deporte de las multitudes?
Nació como un espacio para hacer ejercicio con una cuota de diversión, como casi todas las actividades recreativas. Fue su evolución y rápido desarrollo, debido a la creciente aceptación de los aficionados, la que convirtió a este ejercicio grupal en el fenómeno mediático que es hoy. No creo que alguien pueda irrogarse la capacidad de dilucidar si este deporte se desarrolló priorizando el espectáculo o siempre fue una simple competencia que, en el camino, generaba espectáculo como beneficio secundario. ¿El resultado de un partido o de un torneo, es el medio o es la finalidad de este deporte?
¿La búsqueda del gol y de ganar los partidos es todo el objetivo de este deporte o son solamente las herramientas de las que se valen dirigentes, equipos y jugadores para generar espectáculo y entretenimiento a los millones de los aficionados que los siguen ahora, ya no solo en los estadios sino a través de la televisión a todos los rincones del planeta? A fin de cuentas, es el público el que paga la factura como se ha demostrado reiteradamente en todo tipo de estudios y artículos especializados. Hoy incluso podríamos agregar cínicamente que el espectáculo y la competencia tienen una alternativa como objetivo de esta multitudinaria actividad… el negocio puro y duro, es decir la rentabilidad para todos: jugadores, técnicos, árbitros, clubes, federaciones, televisión y… varios intermediarios en el camino. ¿Es el negocio el verdadero lei motiv del fútbol hoy por hoy y el resto simples complementos?
Resulta importante priorizar estos objetivos porque a través de su definición es que podremos comenzar a resolver los múltiples cuestionamientos que le hacemos al fútbol hoy en día… y comenzar a buscar las soluciones. ¿Las infracciones deben ser sancionadas teniendo como base el daño que le hacen a la competencia o más bien por los perjuicios que le ocasionan al espectáculo? ¿Cómo es que se debe reconocer y premiar el desempeño de todos los actores: ¿por resultados, goles, títulos, rentabilidad o (ojalá) por su aporte al espectáculo?
Probablemente este cuestionamiento podría iniciar un largo debate sin respuestas finales posibles, como ocurre con todo fenómeno social que aparece y se desarrolla lentamente en el escenario creciente de la evolución humana. Nadie analizó los objetivos a largo plazo de comenzar a patear un balón con destino a un espacio delimitado (arco) y con el apoyo de sus compañeros. Los goles, el score, los torneos, las ligas y los estadios fueron apareciendo en función a las necesidades de jugadores, equipos, dirigentes y del público que, con su aprobación, afición y perseverancia los hizo sostenibles y exitosos.
Es más bien ahora que deberíamos debatir sobre cuáles deberían ser los objetivos de este deporte y así poder resolver muchas de las dudas y problemas que se han generado con la apabullante evolución del fútbol y su absorbente rol en la sociedad actual. ¿Debe priorizarse el espectáculo o más bien la competencia?, ¿el negocio? O tal vez son objetivos concurrentes que pueden convivir sin menospreciarse el uno al otro…
Por otro lado creo que es un buen momento para analizar la situación de la meritocracia en el fútbol. ¿Realmente la organización actual de este deporte y sus reglas están enfocadas para tratar de que siempre (o por lo menos la mayor de las veces) gane el mejor?
Es evidente que, como en todos los deportes, el azar siempre influirá pero creo que es deber de todos los que influyen en este deporte tratar de que el peso de la casualidad cada vez sea menor. Nada le daría más beneficio al fútbol que el espectador tuviera al final del partido la sensación de que ganó el que mejor hizo las cosas…
La subjetividad del fútbol y las taras del reglamento
Hoy el fútbol es uno de los deportes más subjetivos vigentes. Podríamos decir que en muchos aspectos se acerca a deportes como la gimnasia, el boxeo, las luchas, el surf y otros nuevos deportes cuyo resultado lo evalúan jueces que con sus veredictos definen al ganador. Es verdad que el fútbol se define con goles (que es un elemento sumamente objetivo), pero en el camino hacia el arco este deporte está poblado de subjetividades que terminan influyendo (nocivamente) en los goles que se anotan (o se anulan) y, por lo tanto, en el resultado de partidos, de torneos y en todo tipo de reconocimientos y premios que se han ido creando para meritar a los actores… y al negocio.
Si uno analiza con cierto criterio de exigencia las reglas que rigen el deporte, se va a encontrar irremediablemente con definiciones y descripciones de situaciones que requieren de calificaciones (incomprensiblemente) subjetivas del árbitro (y ahora del VAR). Como un simple ejemplo, el foul (infracción) requiere en todos los casos que la acción sea cometida con algún tipo de complemento que está siempre sujeto a interpretación (la regla dice que la acción se cometa de una manera que el árbitro considere imprudente, temeraria o con el uso de una fuerza excesiva). Incluso el reglamento califica como infracción la simple intención del jugador de hacer algo penado. Es difícil imaginarse algo más subjetivo que calificar la intensión de un jugador al ejecutar una acción en el campo de juego. Lo extraño e irónico del tema es que casi nunca estas reglas se aplican y solamente se usan cuando el referí requiere excusarse de algún error cometido. Si este deporte tiene ya una larga historia, rica en todo tipo de experiencias (buenas y malas) y ha acumulado una extensa “jurisprudencia” deportiva; ¿por qué no se la recoge en un reglamento moderno, simple, objetivo y con escasísima exigencia de calificaciones e interpretaciones.
La evolución en los deportes, la tecnología y la obsolescencia de los arbitrajes presenciales. Los derechos del público que es el que financia todo.
Para nadie es un secreto que el fútbol que se juega hoy ya no es el que disfrutaron nuestros abuelos. Todo ha evolucionado. Hoy es una actividad profesional a dedicación exclusiva y la exigencia sobre los jugadores puede en muchos casos calificarse de extrema. El nivel de la preparación física, las dietas, los entrenamientos, el recargado calendario de partidos, la continua exposición a los medios y la escasa intimidad de los jugadores; hacen que los 90 minutos de juego sean al final solo una parte de todo este show montado con el permanente propósito de rentabilizarlo al máximo. Qué lejos se ven los partidos de fin de semana, que se transmitían por radio y entre equipos cuyos jugadores adicionalmente tenían trabajos normales porque las remuneraciones de sus equipos eran solo propinas que, en ningún caso, alcanzaban para parar la olla. Contar estas historias a los nietos y ver sus rostros llenos de incredulidad solamente muestran y nos convencen del drástico cambio en los últimos 50 años.
La llegada de la tecnología cuyo copamiento en todas las actividades del ser humano es ya incontenible, en el caso del fútbol podríamos calificarla incluso de invasiva. Este deporte ha dejado de ser una actividad eminentemente presencial y hoy por hoy es básicamente un espectáculo que se disfruta principalmente por televisión, y ya también en lap tops, tablets y teléfonos celulares. Ahora el espectador es sumamente exigente porque goza de todas las herramientas para serlo. La tecnología le permite ver normalmente mucho más de lo que ve el árbitro presencial y lo mismo que experimenta el comentarista del canal escogido (algo que estos señores raramente tienen en cuenta). Teniendo en cuenta estas características actuales en el fútbol, lo lógico sería que todo (el reglamento, los arbitrajes, las transmisiones, los comentarios, etc.) se adapte a esta nueva y exigente realidad. Resulta una pregunta que desafía el pudor crítico más elemental ¿por qué no se da esta natural adaptación? El reglamento otorga demasiada carga interpretativa a los árbitros, las decisiones de arbitraje las toma el que menos recursos tiene disponibles, los comentaristas siguen creyendo que pueden decirle al televidente que ha ocurrido lo que claramente no ha ocurrido y el espectador termina, casi siempre, confundido e insatisfecho.
Es indudable que no es lógico y mucho menos justo que esta situación siga vigente. En algún momento deberá cambiar o simplemente… explotará. Somos los espectadores los que finalmente sostenemos, con nuestra fidelidad y perseverancia, toda esta actividad y el negocio. Si el público no es priorizado en las decisiones que se adopten en el futuro la paciencia simplemente se agotará y este espectáculo dejará de ser prioritario a punta de frustraciones y descontento.
Muchos de los deportes por equipos están teniendo evoluciones bastante más realistas. El básquet y el vóley están mostrando cómo el arbitraje puede someterse a la tecnología con resultados convincentes. En los juegos olímpicos de Tokio las revisiones a través de la tecnología no dejaban lugar a dudas y los árbitros se sometían sin dudas ni murmuraciones. El tenis es otro ejemplo de cómo el uso de la tecnología termina dejando satisfechos a propios y a extraños. En cambio, en el fútbol el VAR lo único que ha agregado a la frustración del espectador, es que ahora las injusticias y arbitrariedades se han hecho más evidentes.
Los dirigentes y su rol nefasto en los deportes… particularmente en el fútbol.
Hoy en día las noticias deportivas de todos los días contienen información de crisis y problemas en los equipos y en las federaciones y casi siempre por inconductas de los dirigentes. Todos sospechamos (lamentablemente sin pruebas) que hay manipulaciones irregulares de todo calibre en el manejo del fútbol. Ya sólo es una incógnita el nivel de arraigo de los malos manejos y de su incursión en responsabilidades penales de alguna de estas conductas.
Es verdad que la crisis dirigencial no es exclusiva del fútbol y ahí sí es difícil encontrar algún deporte que se escape por lo menos de manejos ineficientes, cuando no irregulares. Probablemente lo que aumenta la exposición del fútbol es su mayor popularidad. Hace inevitable que periódicamente tengamos pugnas y escándalos de todo tipo. Es bastante extraño que se mencione algún equipo o institución en el que el que su manejo y/o administración sea remarcable por su eficiencia y su honestidad. Prácticamente no hay excepciones.
Hay algo en la reglamentación de la FIFA para las federaciones y sus procedimientos electorales que debería cambiar radicalmente. No puede ser casualidad que todos los dirigentes, en todos los países, sean reelegidos indefinidamente y la mayoría muere ejerciendo un cargo que asumió por décadas. Es la monarquía rediviva en el mundo deportivo. No hay nada más ineficiente y peligroso que un cargo dirigencial que no se renueva permanentemente. Es la única manera en que exista una fiscalización seria y eficiente. Todas las organizaciones evolucionan y se nutren de sus experiencias buenas y malas. Si estas no son revisadas y, en su caso, corregidas; no habrá crecimiento y evolución positiva. La propia FIFA no escapa a esta regla y los últimos presidentes y dirigentes han durado por décadas, propiciando que continuamente sean imputados y hasta denunciados por malos manejos. La última crisis de Joseph Blatter fue una muestra palpable y ya los reflectores acusadores, hace rato que están enfocados en Infantino el presidente actual.
Los jugadores y su creciente deshonestidad en el campo de juego.
La crisis moral en el fútbol hace rato alcanzó a los propios jugadores. No voy a acusarlos de ser deshonestos en la idoneidad de su esfuerzo deportivo porque hay pocos indicios y ninguna evidencia de lo contrario, pero ya resulta excesiva y hasta vergonzosa la simulación constante de dolores y lesiones como producto de jugadas exigentes. A estas alturas hay una inercia total en el fútbol masculino por exagerar (a veces a niveles ridículos) los “efectos físicos dolorosos” en cada infracción que les cometen los rivales. Jugadores revolcándose de dolor y golpeando repetidamente con la mano el gras tratando de llamar la atención (suponemos del árbitro), para que aplique la sanción y hasta la amonestación más drásticas al infractor. Supongo que este tipo de conducta se originó hace muchos años cuando el árbitro en cancha era la única autoridad y el único que decidía. El teatro le permitía a la víctima inflar exponencialmente los efectos de la infracción y así atarantar al árbitro para que sancione drásticamente al infractor. Pero en estos días en los que hay infinitas cámaras mostrando al VAR, a los periodistas y a los espectadores lo que realmente ocurrió, estas simulaciones están totalmente fuera de lugar y lo único que generan es vergüenza ajena.
He mencionado exclusivamente al fútbol masculino en esta crítica porque si alguno de ustedes ha tenido oportunidad de espectar competencias de alto nivel (por ejemplo, un mundial) de fútbol femenino, podrá constatar que allí la realidad es totalmente diferente. Ver a las jugadoras derribadas levantarse normalmente de manera natural y sin mayores gestos de dolor (a menos que realmente se haya producido una lesión), resulta un bálsamo en nuestro pudor de espectadores pues nos evidencia cuán deshonestos son los gestos y pataletas de los varones. Con esto no estoy pretendiendo hacer un juicio de género sosteniendo que los varones somos más deshonestos que las damas… ni mucho menos. Solamente estoy relevando una realidad más que evidente y mis explicaciones apuntan más hacia una mala costumbre desarrollada hace muchos años (el fútbol femenino es bastante más reciente) y que se mantiene más por una inercia absurda y no corregida. Hace rato que toda simulación debería merecer una tarjeta amarilla (y no solamente las que ocurren en el área por buscar abusivamente que se sancione un penal). El fútbol hay que limpiarlo a punta de tecnología. Tenemos que aprovechar que ya no tiene secretos… todo lo que ocurre en la cancha lo vemos y lo calificamos. El reglamento y el arbitraje tiene que adaptarse a esa realidad y sancionar todas las inconductas que ensucian este deporte (aún no tan maravilloso como podría ser).
Los árbitros… ¿víctimas o villanos?
¿Por qué el árbitro en el fútbol tiene tanto protagonismo y termina, en la mayor parte de los casos, siendo el malo de la película? La respuesta es muy simple, porque siempre habrá un perdedor y sus jugadores, entrenadores y aficionados necesitan alguien a quien culpar. Hay muchas veces en las que este inmaduro traslado de responsabilidad tiene algún fundamento, pero la verdadera razón radica en la enorme influencia que, en la práctica, tiene el árbitro en el resultado de los partidos. La verdad es que en muy pocos casos esta imputación tiene asidero en alguna inconducta del árbitro. Lo normal es que la enorme carga subjetiva de muchas decisiones arbitrales no es entendida de la misma manera por los perdedores y mucho menos aceptada.
No es que los árbitros sean ineficientes (siempre los hay) o deshonestos (muchos menos). Lo cierto es que se les traslada injusta y neciamente la responsabilidad de tomar las decisiones, con tan pocas herramientas disponibles. El árbitro ideal no es solo el que actúa imparcialmente sino aquel que tiene un comportamiento neutro, es decir que no influye en el resultado. El mejor árbitro es el que no se hace notar, el que pasa desapercibido… no debe ser protagonista. Pero con el reglamento subjetivo que tiene el fútbol, con sanciones desproporcionadas como el penalti y con la obligación de tomar decisiones, aunque no se disponga del tiempo suficiente y de las mismas herramientas tecnológicas que los demás espectadores; es lógico que los árbitros terminen siendo figuras relevantes y en muchos casos decisivas en el resultado de los partidos.
Vista la cruda realidad en la que deben actuar estos seres humanos (créanme, lo son), me parece indudable que son las grandes víctimas de las reglas obsoletas y la terca insistencia de los dirigentes en mantener ciertas instituciones tradicionalistas en este deporte. Creo que el arbitraje, tal como se mantiene, es la peor de todas. Es verdad que la llegada del VAR ha permitido al árbitro en cancha por lo menos compartir algo de responsabilidad (lamentablemente se puede recurrir al VAR solo en casos específicos y muy limitados) en las decisiones, pero absurdamente la decisión final sigue siendo la suya y, por lo tanto, seguirá siendo el villano de la película… por lo menos para los perdedores.
El periodismo cómplice
Aunque termine siendo impopular este comentario no puedo dejar de mencionar el rol nocivo que desempeña el periodismo deportivo actual en el fútbol (con notables e importantes excepciones). La mayor parte de la prensa hablada y escrita que actúa en el mundo del fútbol es descaradamente parcializada. Me resulta desagradable decirlo, pero muy pocos periodistas son objetivos en sus comentarios. Es natural que como seres humanos tengan también sus preferencias, pero es su obligación profesional actuar por encima de ellas… y, en general, no lo hacen. Con este comportamiento terminan echando más leña al fuego y fomentando las encarnizadas discusiones de los hinchas en las redes sociales.
Es verdad que las causas antes enumeradas de la creciente subjetividad en el fútbol, coadyuvan a esta nefasta influencia. El periodista normal queda así atrapado también en este mundo subjetivo y termina formando parte del mismo, contribuyendo a la creación de cada vez mayor cantidad de interpretaciones diferentes y, por tanto, de infinitas frustraciones en los aficionados. Casi nunca hay convicción generalizada en los juicios sobre los resultados en el fútbol… todos los actores contribuimos con nuestras subjetividades a este desmadre.
Merece especial mención el triste rol del periodismo cuando comenta (en realidad no lo hace), el arbitraje de los partidos. Pareciera que existe una política generalizada a aceptar como valedero cualquier juicio arbitral. En apariencia es deber del periodista promedio darle el beneficio de la duda al señor árbitro. Pareciera que existe una suerte de complot por el que las cadenas de televisión logran contratos para transmitir partidos, siempre que se comprometan a que sus periodistas no criticarán el arbitraje. Esta parece una conducta social y políticamente correcta. ¿A qué echar más leña al fuego? Pero lamentablemente lo único que se logra con ello es perennizar el subdesarrollo de este deporte. Si no hay crítica ni cuestionamiento, nunca habrá evolución y menos cambio.
La sanción del penalti y su icónica… (y nefasta) influencia en los resultados.
La sanción máxima en el fútbol denominada penal, penalti (inglés) o rigore (italiano) pretende sancionar una infracción que se supone es grave y, por lo tanto, permite al equipo agraviado “resarcirse” del daño recibido y efectuar un disparo desde 12 metros, evento en el que quien dispara tiene todas las ventajas para anotar y el arquero muy bajas oportunidades para atajar.
Para ello se ha dibujado un área en el campo de fútbol, denominada “área grande”, en la que se ha creado un espacio en el que todas (o la mayor parte de) las infracciones (foul o handball) se sanciona con el oneroso disparo de los 12 metros. Este esquema parte de la suposición de que toda infracción en este espacio causa un severo perjuicio en el bando agraviado, suponiéndose que dicho perjuicio se repara “proporcionalmente” con el susodicho disparo de los 12 metros. Todos los que tenemos alguna afición al fútbol sabemos que ésa es la gran mentira de este deporte: la gran mayoría de infracciones sancionadas con el disparo penal, no perjudican al equipo agraviado hasta el punto de impedirle concretar una jugada inminente de gol. Tendría que ser así para justificar que la sanción “proporcional” sea un disparo sin barrera desde los 12 metros. La gran mayoría de infracciones así sancionadas no implican riesgo inminente de gol. Una gran cantidad ocurren lejos del arco (por más que estén dentro del área), muchas tienen como protagonista a un atacante que incluso se mueve en dirección contraria al arco y casi todas ocurren cuando todavía hay varios defensores y obstáculos que el delantero agraviado tendría que superar para llegar al gol. En resumen, es muy rara la ocasión en la que esta sanción resulta proporcional al daño causado. Por lo tanto es ilógica, es absurda y casi siempre injusta.
El gran problema de esta sanción es que, con la tendencia del fútbol moderno de priorizar la defensa al ataque, muchas veces un solo gol define el partido y, en otras tantas, el resultado de esos partidos decide torneos completos. Esta situación es tanto más injusta en torneos de eliminación directa como las finales de los mundiales o las últimas etapas de los torneos continentales (como la Champions o la Copa Libertadores), en los que una sanción de penal inoportuna puede terminar con los sueños de cualquier equipo, por más control del juego que haya demostrado en la cancha.
En el derecho penal (materia que por analogía resulta aplicable a todo evento en el que hay infracciones y sanciones) un principio básico de justicia es que haya proporcionalidad entre la infracción (o delito) y la sanción (o pena) que se le aplique al infractor o delincuente. La civilización ya ha evolucionado lo suficiente como para que un simple robo pueda recibir como sanción la pena de muerte. Gran parte de los grandes debates en el arbitraje del fútbol se da precisamente con respecto a la sanción del disparo penal. Es verdad que las reglas subjetivas con respecto al foul colaboran enormemente con esos debates, pero la principal razón por la que esta sanción será siempre debatida es por el excesivo rigor de la sanción, por la casi siempre desproporción entre la infracción y la sanción. Esta obsoleta regla dejará siempre insatisfacción y frustración en el espectador acucioso (aunque su equipo sea el beneficiado), porque casi siempre generará un resultado inmerecido. En el fútbol moderno es cada vez más difícil hacer goles y que el árbitro (y el VAR) los regale con sanciones de disparo penal… nunca tendrá el sabor de la equidad.
El Off Side o fuera de juego y su objetivo (consciente o inconsciente) de achicar la cancha.
Probablemente hay pocas reglas más confusas y más polémicas en el fútbol que el “fuera de juego” (off side), pues su aplicación siempre ha estado teñida de las más encendidas discusiones y reclamos. Tal vez deberíamos comenzar, para entenderla, por desentrañar el o los objetivos de su creación y mantenimiento. En teoría si es tan complicada y genera tantos conflictos la mejor solución sería eliminarla. ¿Es posible y conveniente?
Aunque nadie lo dice la regla del Off Side parecería tener dos importantes propósitos: i) primero es un importante incentivo para añadirle al juego un diseño táctico. El beneficio de dejar delanteros rivales en “fuera de juego” impide un desgaste físico defensivo y evita (o por lo menos limita) el daño que pudiera generar el contragolpe del equipo rival, y ii) “achica” la cancha. Desde que crea un espacio “prohibido” a espaldas de la defensa del equipo que ataca, se obliga a los equipos a jugar en un espacio bastante más reducido. Si bien ello ahorra un importante esfuerzo físico desde que los jugadores se desplazan en un área menor, por otro lado el juego se hace más trabado por falta de espacio para avanzar y generar jugadas ofensivas. Es indudablemente una regla que favorece el juego defensivo.
Analizada esta regla desde el punto de vista del objetivo que todo deporte que genera afición debiera tener, es decir la calidad del espectáculo, pareciera que agrega muy poco y más bien resulta negativa. No creo que haya alguien que pudiera creer que con más espacio para desplazarse el juego perdería vistosidad. Es claro que tendríamos un espectáculo más atractivo. Sin embargo, el tema del mayor desgaste físico de los jugadores (ya bastante exigido por el apretado calendario de los torneos y exhibiciones) por tener que desplazarse en un espacio bastante mayor, aconseja mantener la regla aunque probablemente con varios ajustes porque las razones sobran. También las virtudes tácticas que esta regla le agrega al juego no son nada desdeñables desde el punto de vista de estrategia y disciplina de equipo. Esta parte del juego es indudablemente un aspecto positivo del espectáculo y, en mi criterio, suficiente para inclinarnos a mantener la regla. Lo que hay que tratar es que sea más clara, más objetiva y más fácil de interpretar y aplicar.
El tradicionalismo del fútbol como barrera para su evolución. ¿Hay como rebelarse?
Una de las grandes barreras para que el fútbol se modernice, evolucione y mejore, es esa “cultura tradicionalista” que domina la mente de la dirigencia. En buena parte es consecuencia de la costumbre (dañina, por cierto) de mantener a los mismos dirigentes en las federaciones por décadas. Ya hemos comentado que este hábito genera riesgos de poca transparencia y ausencia de fiscalización por falta de renovación. Pero adicionalmente debemos agregar como efecto de esta mala costumbre la tendencia a mantener los hábitos y reglas de siempre, la total resistencia al cambio.
Es verdad que el fútbol ha evolucionado en los últimos años, pero también lo es que, probablemente, es el deporte que menos lo ha hecho. Hay instituciones totalmente obsoletas en el fútbol que se mantienen por pura inercia. “Principios” anquilosados como “el árbitro en cancha decide”, “el fútbol es un deporte de contacto”, “las decisiones arbitrales no son revisables”, “las evaluaciones a los árbitros no se difunden”, etc. Todo ello genera un ambiente de desconfianza respecto de las grandes decisiones en este deporte. Necesitaríamos mayor transparencia, mayor participación del periodismo deportivo y de la afición en la evaluación de los casos polémicos… y mucho más autocrítica de la dirigencia.
Mientras tanto es poco lo que podemos hacer frente al andamiaje burocrático de la dirigencia en el fútbol. La FIFA como entidad no gubernamental no es fiscalizable por la justicia común a menos que se le demuestren evidencias de delitos comunes. Es más, hay normas y reglas en la FIFA que impiden a los gobiernos de los países miembros inmiscuirse en procesos de las federaciones locales y la sanción al país que incumple es simplemente la desafiliación. La selección nacional y los equipos de ese país pasan a ser parias en el fútbol internacional y no pueden participar en los torneos regulados por la FIFA (es decir todos). En la práctica las federaciones locales y la FIFA son realmente intocables. Esa realidad ha creado un muro impenetrable que no solo protege a dirigentes y árbitros, sino que impide una mayor y mejor evolución de este deporte.


